Un pasado que divide, una lengua que une

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Un pasado que divide, una lengua que une

Cada 12 de octubre, la conversación sobre la hispanidad parece exigir una declaración de lealtad. De un lado, la celebración de una herencia que a veces minimiza la violencia de la conquista; del otro, una condena que puede terminar confundiendo el reconocimiento del pasado colonial con el rechazo de todo lo que surgió de él. Entre ambas posiciones queda poco espacio para una pregunta más útil: ¿qué hacemos hoy con la lengua que compartimos?

No tendríamos que elegir entre reconocer la violencia colonial y valorar el español. Lo primero es una responsabilidad histórica; lo segundo no tiene por qué ser una absolución. Una lengua puede haber acompañado la dominación y convertirse después en instrumento de emancipación, creación y encuentro.

La cuestión no consiste en decidir si debemos celebrar o repudiar en bloque nuestra historia. Consiste en aprender a vivir con su complejidad.

Reconocer la conquista sin idealizar lo que había antes

La conquista española y el orden colonial implicaron sometimiento, violencia y profundas transformaciones de las sociedades americanas. Reconocerlo debe ser un punto de partida, no una concesión retórica antes de enumerar supuestos beneficios. Tampoco basta con decir que aquello ocurrió hace quinientos años: el paso del tiempo no vuelve irrelevante una historia ni cancela la necesidad de comprenderla.

Pero reconocer esa violencia no exige imaginar una América anterior sin guerras de conquista ni pueblos sometidos. La dominación tampoco era desconocida entre las sociedades indígenas. La Matrícula de Tributos, conservada por el INAH, registra los pueblos sujetos a la Triple Alianza —Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan— y los bienes que debían entregar como tributo. El poder mexica también se sostenía sobre relaciones de conquista y subordinación.

Esto no justifica la conquista española. Una dominación no absuelve a otra. Sí impide, en cambio, repartir inocencias y culpas entre civilizaciones enteras, como si la historia fuera un enfrentamiento entre pueblos esencialmente buenos y pueblos esencialmente malos.

Podemos condenar la violencia colonial sin idealizar el mundo prehispánico. Y podemos reconocer el valor actual del español sin idealizar el imperio que contribuyó a extenderlo.

La paradoja: evangelizar en lenguas indígenas, independizarse en español

La historia lingüística de América resulta menos lineal de lo que sugieren algunas discusiones actuales. Durante la colonización, numerosos evangelizadores aprendieron lenguas indígenas para transmitir la doctrina cristiana. La conquista espiritual recurrió, así, a las lenguas de los propios pueblos que se buscaba convertir. Esto coexistió con políticas e iniciativas de castellanización: ni la Iglesia ni la Corona mantuvieron una política lingüística uniforme durante todo el periodo colonial.

Siglos después, los proyectos de independencia se articularon en español. La lengua asociada con la monarquía también permitió combatirla, formular nuevas legitimidades y organizar las repúblicas. Como ha señalado la lingüista Concepción Company Company, las independencias americanas fueron construidas, narradas, escritas y oficializadas en español.

La paradoja no termina ahí. Esa misma lengua sirvió para construir cohesión nacional, pero su expansión también contribuyó a relegar las lenguas indígenas. La independencia política de España no significó el fin de las presiones lingüísticas sobre sus hablantes; en el México del siglo XIX, la expansión del español acompañó procesos de invisibilización de los pueblos indígenas.

El español no fue, por tanto, únicamente una lengua de conquista ni exclusivamente una lengua de libertad. Ha servido para ambas cosas. Las lenguas no tienen una función moral inmutable: importan las relaciones de poder, las políticas y los usos que construimos con ellas.

Una lengua compartida no pertenece a un solo país

La comunidad que utiliza el español supera hoy los 600 millones de personas, si se incluyen hablantes nativos, personas con competencia limitada y estudiantes. Conviene distinguir esas categorías: no todos son hablantes nativos ni todos utilizan el idioma con el mismo grado de dominio.

Pero lo verdaderamente relevante no es una medalla demográfica. Es la posibilidad de conversar, leer, negociar, estudiar y crear a través de fronteras nacionales sin cambiar de lengua.

La comparación con el inglés y el chino exige distinguir dimensiones. No es lo mismo contar hablantes nativos que medir el uso como segunda lengua, la distribución entre países o la presencia en actividades internacionales. Para esta reflexión, la pregunta importante no es qué idioma gana una clasificación, sino qué posibilidades abre una comunidad lingüística de semejante escala.

Esa comunidad puede entenderse como una responsabilidad compartida, no como una prolongación simbólica del poder español. Hablar español no es una declaración de lealtad hacia España, del mismo modo que valorar nuestra capacidad de entendernos no exige aprobar las circunstancias históricas que contribuyeron a producirla.

La herencia puede asumirse sin convertirse en obediencia. Podemos hacer nuestra una lengua sin hacer nuestras todas las decisiones de quienes la difundieron.

Una lengua común no exige una sola lengua

El reconocimiento del español tampoco debería plantearse como una competencia contra las lenguas indígenas. Según el catálogo del INALI, México cuenta con 68 agrupaciones lingüísticas y 364 variantes, pertenecientes a 11 familias. El propio instituto subraya la importancia de tratar cada variante como lengua, no como una diferencia menor o prescindible.

Esa diversidad plantea un desafío concreto: ¿cómo comunicarnos entre comunidades que no comparten una lengua?

No basta con decir que existen cientos de lenguas para dar por resuelta la comunicación entre sus hablantes. Hace falta que alguien conozca las dos lenguas involucradas y, cuando la situación lo requiere, cuente además con preparación para interpretar. Hablar dos idiomas y ejercer profesionalmente la interpretación no son equivalentes.

Cuando no se dispone de una combinación directa, el español puede funcionar como lengua puente: un intérprete transmite el mensaje de una lengua indígena al español y otro lo lleva del español a la segunda lengua. La comunicación se realiza mediante una lengua intermedia, sin que ello vuelva innecesarias las lenguas de origen y de destino.

En ese contexto, el español no tiene por qué entenderse únicamente como una imposición heredada. También puede ser una herramienta para que personas de comunidades distintas se escuchen y colaboren.

Pero un puente sirve para conectar dos orillas, no para borrar una de ellas.

Del orgullo o la culpa a la responsabilidad

La defensa de una lengua compartida pierde legitimidad cuando se utiliza para justificar la desaparición de otras. Por la misma razón, la defensa de las lenguas indígenas no necesita negar la utilidad del español ni convertir su uso en una falta moral.

Podemos aspirar a las dos cosas: una comunicación amplia en español y condiciones reales para vivir en otras lenguas. No basta con reconocer la diversidad de manera ceremonial; debemos preguntarnos qué espacios queremos abrirle en la educación, la justicia, la salud, la cultura y la vida pública.

La conversación sobre la hispanidad sería más fecunda si dejara de exigirnos una identidad sin contradicciones. No necesitamos sentir orgullo por cada episodio del pasado para valorar lo que hoy compartimos. Tampoco necesitamos renunciar al español para reconocer las injusticias cometidas durante su expansión.

El pasado no puede cambiarse, pero sí puede cambiar nuestra manera de asumirlo. En lugar de utilizar la lengua como prueba de superioridad, motivo de culpa o bandera contra otros, podemos convertirla en una herramienta de encuentro.

Porque una lengua une no cuando todos hablan igual ni cuando las demás desaparecen, sino cuando permite que más personas participen en la conversación.

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Last modified: octubre 28, 2026